PURGATORIO SUITE

Por Ángel Cerviño

Las nuevas tecnologías de la vigilancia han generado verdaderas legiones de controladores del vacío, infinidad de sensores robóticos de la insignificancia. El ojo electrónico, los millones de ojos electrónicos, bajo cuya minuciosa inspección agotamos nuestras vidas, amplían su cobertura y mejoran su definición para hacerse cada día más penetrantes y ubicuos. Transparentes hasta la desaparición y obscenamente expuestos, estamos obligados a hablar sin descanso aunque no tengamos nada que decir, “las fuerzas represivas ya no impedirán que la gente se exprese, más bien la forzarán a ello” (G. Deleuze).

ARAD

Un día en la vida de David Wapner

Son las diez, o diez y media, once, incluso. Nos acostamos a las tres de la mañana, cuando hasta los chacales se fueron a dormir. Ahora, invierno, no aparecen seguido. En verano, en cambio, cuando la crisis en el desierto aprieta el vientre, aparecen por el barrio y revuelven entre la basura. Si no encuentran, se ceban con los gatos. Hace un par de años, un amigo argentino, a eso de las cero horas, vio desfilar a una jauría de hienas por la avenida Yehudah. Otra vecina puede atestiguar que una noche, en las inmediaciones de un tacho de basura en el barrio Neurim, una hiena salió corriendo cuando la enfrentó una gata que defendía a su cría. Un conocido que es barrendero da por seguro que los gatos hechos pedazos que encuentra con frecuencia, sufrieron sin duda el ataque de una hiena, o dos, “¿quién en la zona tiene tal mandíbula capaz de moler huesos de esa forma?” Un perro grande, le sugiero, “No, porque también vi perros muertos de la misma forma”.  Yo creo que sí, oí hienas reír en el wadi.


las MANOS en la MASA

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